viernes, 1 de octubre de 2010

Tras el velo

TRAS EL VELO


- ¡Tiempo!¡Vendo tiempo! Tiempo para amar, tiempo para estudiar, para llorar, reír y recordar. Tengo toda clase de tiempo para ustedes. Quién quiere tiempo, tiempo para vivir, tiempo para morir, para andar, tiempo para elegir, jugar, querer, saber, sentir, vendo tiempo para un último baile. ¡Tiempo señoras y señores! ¡Vendo tiempo!
La muchedumbre se agolpaba en los innumerables tendederos que a ambas calles se apostaban vendiendo toda clase de útiles diarios. Las variopintas tiendas de maderas se adornaban con extraños utensilios traídos de otras tierras ya olvidadas por los hombres, objetos para algunos mágicos que solo en la feria se podían obtener a un buen precio. La mañana comenzaba a caldear y la humedad y el frío nocturno dejaban paso a los dos soles que por el horizonte regalaban rayos de luz cálida. El puesto de café y chocolate estaba a rebosar de personas, todos querían un poquito de algo que les calentara el estomago y diera un repelús a todo el cuerpo. Aquellos aromas inundó la enorme plaza que poquito a poco comenzó a llenarse de gente, el murmullo de la gente fue apagando la voz de aquel hombre que desde tempranas horas de la mañana comenzaba a vender su magnífico tiempo. Tres grandes calles tenían como nexo la enorme plaza en cuyo centro dibujaba una enorme escultura del sistema bisolar, un sistema con el mismo número de soles que de planetas. La puerta de la cafetería se abrió y un pequeño niño salió acompañado de su hermano, tras ellos su madre.
- No corráis y tomaos el chocolate despacio. Os quemareis como no me hagáis caso.
- Si mama.
Las manitas de los pequeños sujetaban aquellas tazas calentitas, que agarraban muchísimo y aletargaban el aun fresco de la mañana. La madre los llevó a la zona central de la plaza, se sentaron en uno de los muchos bancos y tranquilamente comenzaron a beber. La gente paseaba de aquí para allá, los niños observaban aquellos personajes tan raros que ante ellos pasaban, gentes con ropajes extravagantes, con grandes abrigos, con grandes adornos. Una señora de mediana edad se acercó al vendedor de tiempo y le pregunto.
- Buenos días joven. Tiene usted tiempo para llorar?.
- Si, claro. De que clase lo quiere usted.
- Pues mire, ayer murió mi hijo y necesito tiempo para llorar por el.
- Estamos de suerte hoy, esa clase de tiempo la tenemos de oferta. Cuanto quiere usted?
- No se hijo, lo suficiente para este tipo de ocasiones.
- Vamos a ver, tenemos en oferta un tiempo para llorar eternamente, vamos para toda la vida, si se lleva este tiempo le regalo unas patatas para que sea más ahogado su llanto, qué le parece?
- Fantástico, deme todo ese tiempo. Qué suerte, voy a tener tiempo para llorar todo el que necesite.
- Claro señora, estamos de oferta.
Una mujer joven se acercó.
- Tiene usted tiempo para amar?
- Qué clase de amor? Necesita usted amor para enamorar o amor para dar, o quiere un amor adulto y responsable, amor narcisista o ególatra. También tenemos amor de recién casados, de estos los tengo en oferta.
- Mire usted, yo quiero tiempo para amar de diferente forma un amor imposible.
El vendedor se llevo la mano derecha a sien y buscó en sus pensamientos.
- Ese tiempo de amar existe?
- Claro, debe de existir pues yo sigo buscando ese amor.
- Espere un segundo que busque en aquel viejo rincón.
El hombre se dirigió al rincón más oscuro de la tienda y limpiando el polvo observó tiempos inservibles, tiempos perdidos, tiempos robados y desaprovechados, y allí encontró una caja.
- Creo que aquí tengo lo que usted necesita, tiempo para amar de diferente forma. Este es, cuanto le pongo?
- Pues mire usted, no quiero ser egoísta, démelo todo. Quiero ese tiempo sólo para mí.
- Se lo doy todo, pues nunca me habían preguntado por esta clase de amor y creo que nadie lo buscará jamás. ¿Se lo pongo en rodajas finas y bien cortaditas? así se aprovecha mejor.
- Excelente. Gracias.
- Tome, no olvide su cambio.
- No lo necesito, para usted.
- Gracias señora, ojalá hubiera más gente como usted.
La mujer se giró y negó.
- No, ojalá no hubieran más como yo.
Aquello no lo escuchó el vendedor pues llego un hombre mayor preguntando por más tiempo.
- Veamos, que necesita usted?
- Mire, después de mucho tiempo me he dado cuenta que necesito un último baile.
- Tiempo para bailar? Qué tipo de baile, rumba, chachachá, clásico, dance, rock.
El anciano sonrió.
- No hombre, eso es para los jóvenes, yo solo quiero un último baile.
- Romántico donde los haya, mire usted tengo tiempo para ese baile, cómo lo quiere entero o en rodaja finas.
- Démelo entero así lo aprovecho todo en una noche.
- Magnifico, un hombre que sabe lo que quiere. Quiere que se lo ponga con un poco de miel? Así la velada será más dulce.
- Si por favor.
- ¿Se lo pongo en una bolsa?
- No, me lo llevo puesto.
- Aquí tiene usted.
- Gracias.
La multitud y afluencia de personas apenas hacia audible la voz de aquel hombre, pero seguían llegando gran cantidad de personas buscando toda clase de tiempo. Una pareja llegó con mucha ilusión.
- Bien parejita, que necesitáis.
- Queremos tiempo para enamorarnos.
- Vaya, de ese tengo poco. Si os esperáis a mañana podré traeros más.
- No, deme todo el que tenga.
- Mucho cuidado jovencitos, si compráis este tiempo y lo agotáis no podréis utilizarlo más. También tengo tiempo para reír y ser feliz.
- No tenemos mucho para poder pagar.
- Entiendo. Bien, tomad todo el que tengo, pero gastarlo con mucha cabeza. El amor de enamorados se gasta con facilidad, es el amor más vivo y feliz de cuantos existen, pero solo dura unos años, gastadlo con mucha cabeza y nunca os guieis por sus sentimientos, a veces son traicioneros.
Aquellas palabras entraron por los oídos de la pareja y salieron de la misma forma que entró. Una vez que agarraron el tiempo y lo tenían en sus manos abrieron los compartimientos etéreos de los relojes y comenzaron a enamorarse. Aquel tendedero vio tanta alegría que sonrió para sí, y mientras se alejaban soltó con profunda voz:
- Tiempo! Vendo tiempo!
La pareja se perdió a los ojos del relojero que no paraba de vender su fantástico tiempo, aquel chico buscó la mano de su pareja entre los vaivenes del caminar, y en un momento ocasional sus dedos tocaron los suyos, y en ese preciso momento agarró su mano, ella giró su rostro y le contempló, segundos después ella sonrió. ¿Estarían ya enamorados los dos? ¿o solo era ella, o solo el? Ambos llegaron a la plaza central y buscaron asiento, una vez sentados el tomó su mano.
- ¿ Estamos ya enamorados? ¿ tu que sientes?
- No lo se, pero soy feliz, muy feliz -. Contestó ella.
- Lo mismo tarda unos minutos más, aguardemos un ratito más.
Ella volvió a sonreír.
- Esperaré lo que haga falta por ti.
El la miró a los ojos.
- Yo igual, te esperaré el tiempo que necesites. Espero que este tiempo vendido por el relojero sea de calidad.
- Hoy estás muy guapo, me gusta mucho tu sonrisa -. Halagó ella.
- A mi me vasta con verte. Me siento muy bien junto a ti.
El joven tomó el reloj en sus manos y lo agitó un poco, luego lo volvió a mirar.
- Me parece que esto tardará un poco más.
- ¿Por qué tienes tanta prisa? Estás muy nervioso, relájate -. Tranquilizó ella.
- No puedo, además, de nuevo tengo esa sensación en el estomago. Llevo días sintiéndola.
Ella respiró profundamente, soltó el aire muy tranquila y cerrando los ojos acercó el rostro al del joven, allí, le dio un beso en su mejilla. Los ojos del chico se abrieron de par en par. Y durante unos segundos no se movió. Luego la miró.
- ¿ Estás ya enamorada?
- No lo se, pero tenía tantas ganas de besarte que no he dudado un segundo. ¿ Te ha gustado ? ¿ Qué has sentido ?
La mano del joven se la llevó a su mejilla y allí se la acarició como si pudiera tocar el beso.
- El corazón me palpita muy fuertemente. ¿ Estaré ya enamorado ? -. Le preguntó a su compañera. Volviéndola a mirarla le sonrió. Su mirada quedó prendida durante todo el día esperando a enamorarse.

Ajenos a la pareja, una gran esfera a pareció desde el cielo, una inmensa bola gris que como una nube se posó sobre el tejado de la casa mas grande de la ciudad. Una vez tomado el tejado, una inmensa puerta se abrió, no sin antes soltar grandes chorros de vapor. A continuación varias personas uniformadas y con trajes bélicos aparecieron por la escotilla, allí tomaron posiciones y segundos después y como si de un desfile militar se tratara fueron tomando las escaleras en dirección a la plaza, aquello no desconcertó a nadie pues era algo normal que en la semana de ferias gente de muchos mundos llegaran allí a buscar toda clase objetos. El General, a tenor de sus galones, hizo cola en la tienda. La escolta, armada con grandes fusiles, tuvo que ajustar al cinto esas enormes herramientas de destrucción para que no molestara a los caminantes. Una vez llegado el turno, el General tomó la palabra.
- Buenos días, Relojero.
- Buenos días, General. Que es lo que usted necesita.
- Necesito tiempo para terminar con una guerra interminable.
- Qué difícil me lo pone, su guerra interminable, ¿no? No estará usted en una Guerra sin Nombre.
- Exacto, batallamos en La Guerra sin Nombre. Y estoy cansado de luchar contra algo que desconozco, no sé siquiera quién es mi enemigo, solo nos dan ordenes de atacar, y eso es lo que hacemos.
- El problema está en que vendí hace muchísimo tiempo, tiempo para una guerra.
- ¡Maldición ! -. Un sonoro golpe se escuchó cuando su puño golpeó la mesa del establecimiento. ¿ Cuanto tiempo ? ¿Podría decirme usted cuánto tiempo vendió? - Preguntó humildemente. ¿ Por favor, necesito saber cuando va a terminar esta guerra ?
El relojero buscó su libro de ventas y lo retomó unos 400 años a tras. Se ajusto las gafas y comenzó con el índice a buscar apunte por apunte, tiempo para una guerra. Fue pasando paginas y paginas y a los pocos minutos, lo encontró.
- Aquí está, tiempo para una guerra -. Una torva sonrisa se deslumbró en el rostro del relojero. - Bien, compraron tiempo infinito, por tanto y lamentándolo mucho tendrá usted que seguir en esa guerra si nombre.
El General suspiró y con resignación miró al cielo, con las misma desenfundó su arma principal y dio la orden de volver a la nave espacial que los había traído. Antes de comenzar a andar, alguien le tomó por el brazo, este se giró.
- Perdone usted, General. Si no quiere seguir yendo a la guerra, porque no compra tiempo para la paz.
-¿ Disculpe señora ?
- Compre tiempo para la paz, pregúntele al relojero si aun le queda.
El General observó a la mujer y por unos segundos el rostro de aquel hombre se iluminó con una esboza sonrisa. Volvió a enfundar su arma, y le rogó al relojero.
- Dígame, por favor, ¿ tiene usted tiempo para la paz? ¿o al menos para una tregua?
- ¿Tiempo para la paz?. En todo lo que llevo aquí, nadie me ha pedido ese tiempo, que cosa mas curiosa, pero sí, tengo ese tiempo que usted busca. ¿ Cuanto necesita ?
El General giró buscando la complicidad de sus Lugartenientes y Capitanes. Estos con gestos le apremiara a tomar todo el tiempo que tuviera el tendedero.
- Todo, lo queremos todo.
El relojero sonrió.
- Lo quiere para regalar? Se lo envuelvo?
- No, no hace falta, lo voy a usar en este preciso instante.
- Tome, aquí lo tiene.
Antes de usarlo, el General preguntó:
-¿ Tendrá más de este tiempo? Podrían venir otros como yo buscándolo.
- No se preocupe, mañana mismo estoy esperando una remesa tan grande como esta. Usted tranquilo, es el primero que viene buscando este tiempo.
EL General mas tranquilo tomo ese tiempo y abriendo el compartimento etéreo derramó el tiempo sobre el reloj. Instantes después el General dejó de serlo, sus habituales uniformes desaparecieron y sus armas se convirtieron en instrumentos y cuadernos de navegación.
- Disculpe caballero - advirtió el relojero -, acuérdese de que desde este mismo instante ya no es General, y dese prisa, que su nave de guerra es ahora un crucero de recreo y le esperan en otro puerto espacial.
Aquel hombre y su tripulación se quedaron observándole, no hizo falta agradecer al relojero el tiempo vendido, los ojos de aquel extinto General se llenaron de lagrimas.
- Gracias Relojero, al fin puedo llorar.
Aquel tendedero hizo como si no escuchara aquellas palabras.
- Tiempo! Vendo tiempo!
Segundos después de marcharse el General, sobre el suelo y con mucha, mucha suerte de que nadie lo pisara esquivaba a la muchedumbre que se agolpaba en todos los tendederos. Casi le fue imposible encontrar el lugar exacto donde su mapa le indicaba con una gran X. Era muy pequeño casi media 15 centímetros de altura pero al final creyó llegar a su destino, miró hacia arriba durante unos largos minutos y observó como la gente sacaba sus relojes y luego se los volvía a guardar. Creía estar seguro de su situación, con las mismas escaló como pudo por la rugosa superficie de la tienda y de un salto quedó sobre la superficie, frente del tendedero. Este, lo miró con simpatía.
- Bueno, bueno, y tu quien eres?
- Soy un muñeco de trapo, pero un niño me dicen que soy su peluche favorito.
- Así que un peluche, un peluche de trapo. Y dime, ¿que es lo que quieres?
- Creo que me he equivocado, buscaba al señor que vende tiempo.
- No te equivocas, soy yo. Qué clase de tiempo necesitas.
- Necesito tiempo para soñar.
- Corrígeme si me equivoco, pero los peluches no necesitáis soñar pues sois carente de vida.
- Exacto, el tiempo no es para mi lo necesita un niño.
- Pues dile a ese niño que venga por aquí. Verás Sr. Peluche, el tiempo es único y personal, no se puede comprar para otros, pues podrías comprar tiempo para otra persona y nadie le puede desear el tiempo para bien o para mal a otros. Usted puede comprar tiempo para la lluvia pero es usted el que introduce en su compartimento etéreo ese tiempo, además cuando yo le vendo a usted el tiempo solo le funcionará a usted y no al niño, aunque la lluvia caiga para todos.
El rostro de preocupación del peluche hizo preguntar de nuevo al tendedero.
- Dime Sr. Peluche, qué le pasa a ese niño.
- El niño está enfermo.
- Y qué enfermedad tiene?
- Tiene la enfermedad del sueño, y no puede soñar.
- Desde cuando conoce usted a ese niño?
- Prácticamente desde que nació.
- Y cómo es ese niño.
- Es un niño, eso lo debería decir todo.
- Entiendo Sr. Peluche, entiendo.
- Como se llama el pequeño?
- Su nombre es Adam.
El tendedero suspiró.
- Adam necesita soñar, hay cosas que no tendrían que ocurrir. Le puedo preguntar una cosa Sr. Peluche?
- Claro. Pregunte usted lo que quiera.
- El niño está en coma, verdad ?
El peluche le miró a los ojos mostrando su profunda tristeza.
- Si. Está en la ultima fase de la enfermedad.
El relojero negó con la cabeza y el rostro de preocupación se hizo patente en el.
- Sabe usted que no me puedo inmiscuir en la vida de la gente?
- Pero esto es especial -defendió mostrándole las manos-. Necesito tiempo para soñar, por favor deme ese tiempo.
El tendedero fijo la mirada en los ojos del peluche
- Lo necesita usted o lo necesita el niño?
- Ambos.
El relojero le miró más aun a los ojos, en su caso, observó esos botones que lo simulaban. El muñeco de trapo retrocedió al ver descubierto su secreto.
- Eres Adam? Tu eres ese niño que quiere tiempo para soñar.
El peluche negó.
- No....no puede ser....yo no soy Adam....soy un peluche de trapo -. Negaba con la cabeza.
- Eres Adam...y estás soñando a través del peluche -. Afirmó el relojero.
- No...no puedo ser Adam...
El peluche se sentó derrumbado, no paraba de negar con la cabeza. El relojero acercó su mano y con el índice alzó unos centímetro el rostro del peluche.
- Estas llorando? Adam, estás llorando?
La palma de la mano de aquel hombre se le llenaba de pequeñísimos botones que caían como lágrimas a su manos derramándose segundos después sobre el mostrador.
- Por qué estás llorando Adam?
- Señor, quiero morir soñando algo bonito.
- Y por qué no te quedas soñando eternamente, puedo concederte ese tiempo si es lo que quieres. -Entre sollozos no pudo articular palabra alguna el peluche -.- Como sigas así me vas a hacer llorar a mi -. Comentó el tendedero.
- Yo solo quiero soñar algo bonito.
- Toma -. Le ofreció un pañuelo -Qué dolor te hace sufrir de esa manera? Los niños no tendríais que llorar por ninguna clase de dolor.
El peluche se enjugó las lagrimas en el pañuelo y se lo devolvió. Durante unos segundos se observaron.
- Te concedo tiempo para soñar eternamente. Dame tu reloj.
Este negó.
- No tengo reloj.
El relojero se mordió el labio inferior y con pícara sonrisa le acaricio la mejilla.
- No te preocupes Adam, mira .- De su bolsillo sacó un reloj .- Este reloj, es mío, y es el único que no necesita compartimento etéreo, sólo bastará con imaginar el tiempo que necesites y se te concederá. Recuérdalo siempre, este reloj es único y te lo voy a prestar hasta que te canses de imaginar.
El peluche tomó el reloj de bolsillo y durante un largo tiempo se quedó observándolo. Instantes después se lo guardó en la barriguita.
- Como funciona este reloj?
- Basta tan solo con imaginar, el día que dejes de hacerlo dejarás de ser un niño y entonces me lo tendrás que devolver.
- Entonces siempre seré un niño. -. Le contestó con una sonrisa.
Aquel hombre le contestó de igual manera y volvió a vender su fantástico tiempo.
Sin más el peluche sacó de nuevo el reloj y quedó mirándolo un largo rato, luego saltó hacia la calle. Paso a paso llegó a la plaza y allí se sentó en un banquito con un sol que invitaba a un descanso, con el tic-tac comenzó el peluche a quedarse dormido imaginando que soñaba con ser un niño que buscaba un tiempo que siempre le acompañó.
A pocos metros del pequeño pasó caminando con paso firme un joven que tras hablar con el relojero le indicó la forma de llegar y encontrar a la mujer que lloraba lagrimas de plata, la única mujer que podía dar la solución a un problema carente de tiempo. Tras caminar unos minutos, giró a la derecha en una gran calle atestada de gente y entró en el portal que le indicó momentos antes, con las mismas observó la escalera y subió a la primera planta.
De pie, vestida de blanco observando la muchedumbre que pasaba por la calle. La gran habitación y sus grandes ventanales magnificaban aquella mujer que sin girarse le invitó a que pasara. No había ningún mueble, el suelo era blanco nácar, lo único que hacía viva la habitación eran las blanquísimas cortinas que hacían transparente todo lo que afuera sucedía. La mujer de nuevo le invitó a que pasara.
- Entra por favor -. Invitó la mujer. El tono de su voz era muy cálido parecía sentimental.- No dudes, no voy a hacerte daño.
Aquel hombre dudó unos segundos y pensó.
- Cómo me puede hacer daño?.
Dio varios pasos antes de cerrar la puerta. Una vez que sus pupilas se ajustaron a la gran intensidad de luz que en la estancia había pudo descubrir el vestido que llevaba puesto, primero dudo, luego varios pasos concretaron con exactitud lo que su suposición daba como cierta.
Con temor dio varios pasos más y quedando a unos 2 metros tras de ella quiso comentar algo, más un ademan de la señora lo mandó callar.
- Escucha por favor.
El frunció el entrecejo y agudizó sus sentidos, aquella mujer parecía mas mística de lo que el relojero le advirtió. No escuchaba nada, algún que otro murmullo de los transeúntes o el ladrido de algún perro que rompía la monotonía de aquel lugar. Durante mas de 15 minutos estuvo esperando, no quiso osar romper aquel casi perfecto silencio. Mientras la observaba desde el ángulo del que disponía, quiso estudiar aquella mujer, observó de nuevo su traje blanco, e intentó ver su rostro pero era imposible pues aquel velo la hacía infranqueable. Por educación volvió a aguarda otros 15 minutos, aquello parecía eterno, apenas se escuchaba algo, parecía la espera interminable. Sus músculos se volvieron a tensar fruto de la impaciencia y la perdida de tiempo que con ello llevaba. Para hacerse notar suspiró.
- Sabes lo que significa un suspiro.
Aquello mas que una pregunta parecía una sentencia, lo cogió tan de improvisto que todo su cuerpo se convulsionó, retrocedió un solo paso. La mujer continuó.
- Dicen que un suspiro es un beso que no se dio, aunque yo creo que es una forma del alma de decirte que algo te falta, la cercanía de alguien, su voz, su mirada, su aroma en el aire, el roce de sus manos, su piel junto a la tuya.
Aquellas palabras no hizo más que crear preguntas en la cabeza de ese hombre.
- Disculpe señora. No la entiendo. Me manda el relojero pues....
- ...pues necesitas mis lagrimas de plata.
El afirmó.
- Si, señora. Las necesito.
- Te molestaría si esperaras otros 3 minutos.
- No señora, va usted a algún sitio?
- No me he movido de este lugar desde mucho antes de que tu nacieras.
Aquel hombre con una mueca discrepó con un gesto y luego con la mirada buscó algo de cordura que le sacara de aquella situación. La gente dejó de murmurar en la calle y le fastidioso ladrido del perro hacía ya tiempo que había terminado. Comenzó a pensar que no era ni el lugar ni el momento apropiado. ¿Desde antes de que yo naciera? ¿ quien es esta mujer? ¿donde dormirá ? ¿ como puede estar en esa posición tanto tiempo?
- Perdone, si quiere usted puedo volver más tarde.
- Si sales por esa puerta jamás volverás a verme.
Aquello comenzaba a confundirle. Movió las piernas fruto de la circulación sanguínea. Se giró sobre sí mismo buscando algo que lo sacara de aquel monótono lugar, las paredes lisas parecían recién pintadas, le entraron unas enormes ganas de abrir aquellos enormes ventanales y olvidarse de aquello.
- Te he pedido 3 minutos más, sólo 3.
- Señora, qué le ocurre. ¿Necesita ayuda?
- No, solo necesito 3 minutos más. Solo te pido ese tiempo, y que escuches.
Esta vez el caballero pudo darse cuenta de que el timbre de voz había cambiado ya parecía mas ahogado, como cuando una persona esta apunto de llorar. Las manos de aquella mujer se movieron dirigiéndose a su cara. Supuestamente para secarse una lagrima. Durante todo ese tiempo aquella mujer parecía más una estatua que una persona. La espera se hizo más que eterna, el caballero se llevó las manos a su reloj para comprobar el tiempo.
- Solo quedan 2 minutos -. Comentó la señora.
De nuevo cogió de improvisto al joven que se sobresaltó, aquello rozaba la locura, cómo sabía aquella mujer el tiempo con tanta exactitud. De nuevo intentó buscar algo de razón en aquella habitación, pero nada, no había nada excepto ellos y las cortinas.
- Para que necesita usted mis lágrimas.
Durante unos segundos dudó.
- Necesito tiempo para corregir un error.
- Qué clase de error.
- Un error que me ha condicionado toda la vida.
- Entiendo, usted necesita mis lágrimas para remediar algo que podría haber remediado si hubiera elegido sabiamente. Qué estúpidos podéis llegar a ser cuando los sentimientos no hacen caso a la razón. A veces el egoísmo de un solo segundo te condiciona por siempre.
Aquel hombre bajó la cabeza avergonzado.
- No quise que ocurriera.
- Pero sólo tu eres el culpable de tus decisiones. Tu eres el que condicionas tu propia vida.
- Te equivocas, hay factores que me condicionaron a tomarlas.
- Si, pero eres tú el que las tomas no los demás.
De nuevo la mujer suspiró, el hombre tomó de nuevo la palabra.
- ¿Tiene usted nombre?.
La mujer hizo un ademán como si quisiera conocer a quien formulaba la pregunta.
- Si, lo tengo, pero lo he olvidado.
- Como puede alguien olvidar su nombre.
- Basta con que nadie lo pronuncie en mucho tiempo.
Aquel hombre se interesó.
- Cuanto tiempo lleva usted esperando?
La mujer inclinó la cabeza.
- No lo recuerdo.
- Merece la pena esperar tanto tiempo?
- Créame, merece la pena - Aseguró la mujer.
- Fue el mismo día de su boda, ¿verdad? ¿qué ocurrió?
La pregunta quedó suspendida en el aire unos minutos.
- Ni el mismo sabe lo que le quería, le amaba de tal manera que lo deseaba hasta la saciedad.
- ¿Qué fue lo que ocurrió?
Ella alzó la mirada hacia la ventana.
- No lo se, yo me limité a esperar y aún le sigo esperando.
Aquella respuesta hizo muda su pregunta.
- Lo siento. No quise hacerle daño.
- Se que volverá, alguien tomó una decisión y esa decisión lamentablemente hizo que mi futuro cambiara.
- Desde entonces...
- Desde entonces guardo aquel último segundo, así esperaré y guardaré eternamente ese último momento.
El caballero se adelantó. Entre ella y la ventana le comentó.
- Puedo verle el rostro?
- Hace mucho tiempo quise a un hombre, aun espero a ese hombre, y solo el verá mi rostro.
Por un instante cerró los ojos el caballero y negó. Tras la mujer se fue materializando un objeto que aquel hombre creyó ser una ilusión fruto del ajuste de intensidad de luz con la retina. La mujer aun estaba cayada, y sus ojos pasaron de posarse sobre ella a dirigirse a aquel objeto que al fondo de la habitación, en la cara opuesta había aparecido en cuyo campo visual se materializaba.
- Pero...qué está pasando aquí? -. Se dirigió con cautela a aquel lugar y contempló un cuadro. Un cuadro cuyo interior dibujaba una lagrima que nacía de una mujer cuyo iris parecía una luna. Todo aquello parecía abstracto, ¿ cual serían las motivaciones de esa mujer ? Compasión, sería compasión lo que sentía ese hombre por ella. De todas las cosas que se le pasaron por la cabeza solo una le daba la explicación a aquella locura. ¿Sería cantos de sirena lo que en su cabeza sonaba? Algo dejó perplejo a aquel hombre y sus ojos se abrieron de par en par, con cierto pánico, aquella mujer del cuadro comenzaba a llorar y esas lagrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
- Gracias buen hombre. Muchas gracias.
Este sin darse la vuelta siguió contemplado aquel rostro de mujer, por un momento contemplo aquella mirada al infinito y entendió que en ningún otro sitio podría contemplarse obra como esta pues el rostro de aquella mujer cuyo velo nadie pudo descubrir estaba llorando.
Sin dudarlo un instante tomó el lagrimero que llevaba en el bolsillo y tomó las lagrimas que resbalaban por aquel hermoso rostro acercándolo al cuadro sin llegar a tocarlos para no dañarlo.
- Espero que elijas con inteligencia ese tiempo, sólo seis hombres han tomado mis lagrimas y tu eres el séptimo y último.
Cuando el hombre cerró el pequeñísimo bote se dirigió donde se encontraba la mujer que en ningún momento se movió, allí retiró las cortinas y mostro la calle tal como se manifestaba a esa hora, atestada de gente. Allí se giró y sacó su reloj.
- Me dijiste que eligiera con sabiduría.
- Inteligencia -. Corrigió.
Se llevó la mano derecha al bolsillo de su chaleco y sacó su reloj, a continuación sacó el lagrimero y abriendo el compartimiento etéreo lo llenó con las lágrimas recién recogidas, luego lo cerro y la cara de reloj se lo mostró a aquella mujer. Retrasó el reloj hasta las 01:00 de la madrugada de un día que tomó al azar y allí le dijo a la señora.
- Te libero de tu prisión, te doy el tiempo que necesitas para que dejes de llorar esas lagrimas de plata y seas feliz por siempre.
- Te convertirás en el prisionero -. Advirtió.
- Lo tengo todo perdido, además siempre quise conocer a la mujer que lloraba lagrimas de plata, y al fin mi deseo ha sido cumplido. Ya eres libre.
El minutero marcó la una en punto de la noche, de repente la calle se oscureció por completo, aquella habitación se apagó por entero y el silencio lo inundó todo. Aquella mujer muy lentamente fue acercándose más aun al ventanal y allí se giró, quedando entre el y el cielo estrellado. Antes de que desapareciera fue llevándose las manos al velo y lentamente fue descubriéndose el rostro hasta que solo quedó en el recuerdo de aquel hombre aquel iris que tanto apreció momentos antes en el cuadro.
El brillo de unas lagrimas resbalaron por aquella mejilla, si eran de color negro no pudo distinguirse pues en aquella habitación solo quedaba él y aun seguía siendo oscura....muy oscura.